Hay un momento, sin palabras, en que dos niños miran el mismo mar.
Primero hay una sola figura, diminuta contra el horizonte — la infancia que se mide sola frente a la inmensidad. Luego llega el otro, desde lejos, y el espacio entre los dos se convierte en relato: un paso que se acerca, un hombro que busca otro hombro, sin necesidad de decírselo. Miran hacia adelante, juntos — y es precisamente este gesto el que los convierte en hermanos, no la mirada que se intercambian entre ellos, sino la que comparten con el mundo.
El mar no cambia. Cambia la distancia entre los dos niños, que se acorta hasta convertirse en complicidad, hasta convertirse en un único aliento sentado sobre las piedras — ese vínculo que permanece, silencioso, incluso cuando todo lo demás, el tiempo, el lugar, hasta los nombres, esté destinado a desvanecerse como la luz de este atardecer.
Hermanos
